jueves, 13 de noviembre de 2014

El patriarca de los Kennedy consiente que a su hija Rosemary le practiquen una lobotomia..

ROSEMARY, EL TABÚ DE LOS KENNEDY

kennedy
Rosemary tenía problemas de aprendizaje desde niña y a los 20 años, edad que tenía en esta foto, también de actitud, según sus padres.
La hermana de JFK, Bobby y Ted desapareció en 1941 de los álbumes de fotos de la familia más famosa de EE.UU. La joven, inestable y rebelde, fue sometida a una lobotomía que la condenó a vivir inválida y escondida. El periodista Pierre Pratabuy ha rescatado testimonios y documentos para reconstruir, más allá de las mentiras oficiales, la historia no autorizada de Rosemary Kennedy. 
Era simple, inocentona, quizá disléxica, quizá bipolar. Eso nunca se supo. Lo que sí se sabe es que también era rebelde y que representaba un estorbo para su padre. Rosemary era incapaz de medirse a sus ocho hermanos en el seno de una familia ultracompetitiva. Frustrada, tenía berrinches, pataletas, ataques de histeria. Y con 20 años comenzó a escaparse por las noches. Vagabundeaba por las calles de Boston en busca de cariño. Mendigando abrazos de desconocidos. No era capaz de tener novios formales, como sus hermanas, pero tenía una sexualidad tan arrolladora como sus hermanos varones, unos gallitos de los que se alababa su hombría mientras fuesen discretos. Y ella era una mujer. Y su obligación era comportarse como una dama. Pero Rosemary se acostaba con cualquiera. O eso se rumoreaba. Joe Kennedy, el patriarca, ex embajador en Londres y la Santa Sede, estaba abochornado. La joven díscola podía quedarse embarazada en una de sus correrías nocturnas, cada vez más audaces. Sería un escándalo que arruinaría la reputación de la familia. Una mancha en el honor de sus mejores y más inteligentes vástagos, para los que planeaba una carrera política sin parangón. La llevó a psicólogos y psiquiatras. Y dos neurocirujanos, Walter Freeman y Jammes Watts, le propusieron una terapia definitiva. Una solución que entonces se consideraba lo más: una lobotomía. No es que el padre quisiera dejarla lela adrede, sólo tranquilita. Que no importunase.
Así relata la operación en la revista francesa Vingetun el periodista Pierre Pratabuy, que ha reconstruido la desgraciada vida de Rosemary Kennedy, despachada por los biógrafos oficiales de la familia con una conmiserativa nota a pie de página: retrasada mental. «Con la paciente despierta, únicamente bajo los efectos de la anestesia local, el médico abrió un pequeño agujero en cada sien de la joven. Después, con la ayuda de un escalpelo en forma de cuchillo de untar mantequilla que introdujo en el cráneo, empezó a seccionar los lóbulos prefrontales del cerebro, supuesto origen de las afecciones del alma. Durante ese tiempo, y siguiendo el protocolo, Freeman hacía preguntas a su paciente, pidiéndole que recitara el padrenuestro o canturreara el himno nacional. Mientras sus respuestas fueran coherentes, Watts seguía cortando. Finalmente, su colega le pidió que parase. La enfermera que asistía a los dos hombres, traumatizada, dimitió tras la operación de Rosemary, que quedó reducida a la edad mental de un niño de corta edad.» Tenía 23 años. Vivió confinada hasta su muerte, a los 86, en una institución psiquiátrica. Seis décadas de olvido y de vergüenza. 
Rosemary fue una niña deseada. Nació el 13 de septiembre de 1918 en la residencia de la familia Kennedy en Boston. Se llevaba tres años con Joseph Junior, el ojito derecho de papá, y uno con JFK. Su madre, Rose, después de dos varoncitos, anhelaba una niña. Todo estaba dispuesto para el alumbramiento, pero, según la historia oficial, el ginecólogo de la familia llegó tarde y la cabeza de Rosemary se atoró en el canal del parto. Su cerebro estuvo privado de oxígeno durante unos instantes preciosos. Conforme fue creciendo se quedaba embobada, le costó aprender a caminar, a sostener la cuchara y a leer, aunque finalmente lo consiguió e incluso escribía largas cartas y llevó un diario íntimo. En la escuela informaron a sus padres de que su cociente intelectual era bajo y que no era capaz de seguir el ritmo de la clase. Algunos compañeros se burlaban de ella y se enzarzó en más de una pelea, lo que le granjeó fama de colérica. Con la excepción de Eunice, sus hermanos tampoco tuvieron paciencia con ella. 
Su retraso era muy leve, según el historiador Edward Shorter. La lista de las cosas que podía hacer superaba con creces a las tareas que le resultaban irrealizables. Rosemary era muy responsable. La dejaban a cargo de seis niños cuando visitaba la casa de cierta amiga. Se los llevaba a la playa, los vigilaba, nadaba con ellos, les daba de merendar y, de regreso, los acostaba y les leía un cuento. Tenía unos modales exquisitos en la mesa. Dio clases de baile y acompañaba a sus hermanas a las fiestas, aunque no sabía flirtear y terminaba bebiendo ponche en un rincón. Jugaba durante horas al tenis con su madre y era una nadadora excepcional. Solía ganar a sus hermanas. Y se enfadaba si perdía. Nadar era una de las pocas ocupaciones en las que superaba al resto del clan. Y gozaba contándole a su padre sus hazañas en la piscina. Podía presumir de algo, por fin. Pero si alguna vez Joe se sintió orgulloso de su hija, no lo demostró. 
En 1935, Eunice y Rosemary fueron juntas a Europa de vacaciones. «Montamos en barco en Holanda, escalamos montañas en Suiza, remamos en el lago Lucerna. Rosemary podía hacer todas esas cosas tan bien como yo. Nadar, remar… Podía caminar más rápido y distancias más largas. Y era muy divertida.» Al final de aquel verano, Rosemary mostraba grandes síntomas de recuperación. No estaba agitada ni irritable. Hubo más viajes a Europa y, cuando el padre fue nombrado embajador en el Vaticano, toda la familia fue recibida por el papa Pío XII, un acontecimiento del que Rosemary disfrutó especialmente.
Cuando los kennedy regresaron a Estados Unidos en 1940, Rosemary, que tenía 21 años, comenzó a empeorar súbitamente. Su incapacidad para estar a la altura de sus brillantes hermanos la tenía amargada. Comenzó a tener episodios de histeria, lanzaba los platos contra el suelo y golpeaba a los que estaban a su alrededor. También por esa época comenzaron las escapadas nocturnas. Sus padres se alarmaron. «Mi madre la llevó a docenas de médicos. Todos coincidían en que no mejoraría y que sería más fácil cuidarla en una institución psiquiátrica», recuerda Eunice. Una idea que ya se había barajado cuando Rosemary era quinceañera. El padre entonces se opuso, pero en el otoño de 1941 el comportamiento de Rosemary lo tenía abrumado. Así que recurrió a una medida desesperada, pero elegante en aquella época: la lobotomía. No era un tratamiento típico, pero sí estaba de moda entre las familias adineradas, como el electroshock. Joe Kennedy no le dijo nada a Rosemary de la arriesgada intervención que estaban a punto de practicarle ni a su esposa, Rose. Fue una decisión tomada por el jefe del clan. Incontestable. El resultado fue devastador. En aquella época, las familias se avergonzaban si tenían hijos retrasados o con problemas mentales. Los escondían. Los recluían. ¿Qué hacer con aquella criatura que salió del quirófano con la mirada ausente y condenada a babear de por vida? Joe la hizo desaparecer. Así de simple. No se supo nada de ella durante siete largos lustros.
Chicago, 5 de octubre de 1975. Peter Nolan, reportero de la cadena de televisión CBS, anda de cabeza. Acaba de saber que Rosemary se ha extraviado. Eunice ha dado la alarma después de perderla de vista a la salida de misa. Por la radio se emite un aviso de búsqueda: 57 años, pelo negro, pantalón rojo, abrigo blanco, caminar vacilante. Nolan es el primero en verla en una esquina. «Estaba mirando un escaparate con la cabeza inclinada. Detuvimos el coche y me acerqué», recuerda. «Le pregunté si estaba buscando a Eunice. No dijo una palabra.» Justo en ese momento, una patrulla la sustrajo de la curiosidad del periodista y la llevó con su hermana. Al día siguiente, la noticia saltaba a todos los periódicos y América descubrió a «la Kennedy que nadie conocía». Recluida en el convento de Santa Colette (Wisconsin), «los visitantes no tienen derecho a verla y la familia se niega a hablar de Rosemary», según un artículo de la época del Chicago Tribune. 
Rosemary murió el 7 de enero de 2005, en el Memorial Hospital de Fort Atkinson (Wisconsin), a una decena de kilómetros del convento donde pasó su existencia después de la lobotomía. La instalaron en un pequeño pabellón de ladrillo construido para ella en el edificio reservado a las estancias de larga duración. Allí vivió 57 años, rodeada de varias enfermeras cuyas supervivientes no han querido contar nada, aparte de repetir que «Rosemary fue feliz en todo momento». 
Según la versión oficial, fue la degradación repentina e inexplicada de una deficiencia innata lo que provocó su aislamiento, no la operación. El drama de Rosemary apenas merece atención en la copiosa bibliografía sobre los Kennedy, aunque inaugura la maldición que persigue al clan: la muerte de sus hermanos Joe Junior en la guerra, de Kathleen en un accidente de avión y los asesinatos de JFK y Bobby. Rosemary sigue siendo tabú y reconstruir su historia es como armar un rompecabezas. Una pieza importante para hacerlo es el libro de memorias que Rose, la madre indestructible fallecida a los 104 años, publicó en 1974, dedicadas a su hija y a sus semejantes «mentalmente deficientes, pero sanos de espíritu». En ellas cuenta que «Joe y yo consultamos a los mejores especialistas, que nos aconsejaron cierta clase de neurocirugía. La operación puso fin a las crisis convulsivas y los accesos de violencia, pero también convirtió a Rosemary en una inválida. Perdió todo lo que había ganado durante años gracias a su esfuerzo y a nuestro cariño. Dejó de tener autonomía y necesitaba vivir bajo el cuidado de otra persona». La familia Kennedy jamás reconoció públicamente que aquella «clase de neurocirugía» fue una lobotomía. 
Durante la guerra, la `desaparición´ de Rosemary pasó inadvertida, pero el rápido ascenso de JFK obligó a la familia a dar explicaciones. En junio de 1953 se publicó un artículo sobre el prometedor político donde se cuenta que el clan al completo se había movilizado para su campaña al Senado a excepción de Ted, en el Ejército, y Rosemary, «institutriz en Wisconsin». Seis años más tarde apareció la primera biografía del candidato presidencial. Su autor, amigo de la familia, afirmó sin pestañear que Rosemary «se ocupa de niños retrasados». La mentira era tan descarada que poco después Joe Kennedy ofreció otra versión a la revistaTime: su hija mayor había sido víctima durante la infancia de una «meningitis espinal». La pregunta es: ¿realmente era retrasada o padecía otra enfermedad? Para Gerald O’Brien, profesor de la Universidad Southern Illinois, la minusvalía psíquica pudo degenerar en una forma de depresión agresiva, lo que explicaría sus accesos de cólera. Otros expertos descartan la deficiencia innata, explicando las dificultades escolares de Rosemary por una dislexia. Los diplomas que obtuvo o su participación como monitora en un campamento no encajan con lo que se quiere hacer creer. Lo que es seguro es que Rosemary no encajaba en el molde. Ella era consciente de que no estaba al nivel de la familia. En 1934, internada en Rhode Island, escribió a su padre: «Haría cualquier cosa para hacerte feliz. Detesto decepcionarte de esta manera. Ven a verme. Me siento muy sola». En un principio, Joe se conformó con mantenerla aislada, pero cuando la carrera de sus hijos varones empezó a prosperar, se lo jugó todo con la lobotomía. E incluso le vio el lado positivo: «Después de todo, la resolución del problema de Rosemary ha sido esencial para permitir a todos los Kennedy llevar sus vidas de la mejor manera posible», explicó a su hermana Anastasia en una carta de 1958. Eunice fundó los Special Olympics, una competición deportiva para minusválidos psíquicos, como homenaje a Rosemary. Y, quizá, también como expiación.

El hijo bastardo al que Mussolini ocultó en un psquiatrico.



Las víctimas. Ida Dalser, amante de Benito Mussolini, con el hijo de ambos, Benito Albino, en la década de los años 20
 INVESTIGACIÓN/ La otra familia de Mussolini 
El hijo bastardo al que ocultó en un manicomio 

En 1915, el entonces soldado y periodista Benito Mussolini tuvo un hijo secreto con una joven llamada Ida Dalser. Pero el futuro dictador, mujeriego incorregible, dejó de inmediato a la mujer y al niño para casarse con su amante Rachele Guidi. Ante la amenaza de arruinar su carrera política con un escándalo, el “Duce” recluyó a Ida y a su hijo en manicomios hasta que ambos murieron. Ahora la historia ve la luz.
 

El verdugo. Mussolini, en una imagen de 1934.
Por Irene Hernández Velasco

Esposo devoto, abnegado padre de familia, hombre íntegro y moral… Esa es la bucólica imagen de Benito Mussolini que, durante 20 años, el régimen fascista se esforzó a toda costa por transmitir a la población italiana. Sin embargo, la realidad era otra muy distinta. El Duce fue un mujeriego empedernido que tuvo innumerables amantes y que probablemente dejó varios hijos ilegítimos desperdigados por el mundo. Pero lo verdaderamente terrible es que, a fin de mantener su leyenda de marido virtuoso y de honrado cabeza de familia, el dictador italiano no tuvo el más mínimo reparo a la hora de recurrir a los métodos más expeditivos y crueles que se puedan imaginar. Incluida la reclusión de por vida en un manicomio de su primogénito varón y de la mujer que lo llevó en su vientre.

Es sólo ahora, 60 años después de la ejecución del líder fascista, cuando la pavorosa realidad se ha abierto paso y ha salido finalmente a la luz. Y lo ha hecho a través de la minuciosa investigación que durante tres años han llevado a cabo Gianfranco Norelli y Fabrizio Laurenti, dos periodistas de origen italiano afincados en Nueva York, que no han dudado en plasmar sus averiguaciones en un sobrecogedor documental titulado El secreto de Mussolini, que recientemente se emitía con gran éxito de audiencia en la RAI, la radiotelevisión pública italiana.

Apuntalada en numerosas pruebas escritas y en diversos testimonios y entrevistas hasta ahora desconocidos, la indagación conducida por estos dos sabuesos del periodismo reconstruye la historia de Ida Dalser y del hijo que ésta tuvo con el Duce. Un episodio que el dictador fascista se esforzó por enterrar pero que ha acabado emergiendo a la superficie. Gracias a ello, la desventurada Ida Dalser ha podido finalmente vengarse del hombre que durante 11 años, y hasta su muerte, la mantuvo encerrada en un centro psiquiátrico a pesar de estar cuerda. El mismo tipo que permitió que el hijo que tuvo con ella falleciera con sólo 27 años en la soledad de otro manicomio en el que llevaba siete años recluido.

En un intento final por hacer justicia, esta pretende ser más la historia de Ida Dalser que del desalmado que convirtió su vida en un infierno. La historia de una mujer, hermosa y apasionada, que nació allá por 1880 en el seno de una familia bien de Sopramonte, localidad situada a pocos kilómetros de Trieste y que, por aquel entonces, como todo el resto de la región del Trentino, formaba parte del Imperio austro-húngaro.

Moderna y avanzada, la Dalser estudió estética en París y, a su regreso a Italia, abrió en Milán el exótico Salón Oriental de Higiene y Belleza Mademoiselle Ida. La vida le sonreía cuando, en 1913, se lió con un periodista de éxito y aspiraciones políticas. Engreído y ambicioso, el sujeto en cuestión era el flamante nuevo director del rotativo socialista Avanti (Adelante). Se llamaba Benito Mussolini y con él inició Ida Dalser un apasionado romance.

Eran años tumultuosos para Italia que, ante el estallido en 1914 de la I Guerra Mundial, quedó fuertemente dividida entre los que defendían la necesidad de que el país entrara en la contienda y los que apoyaban que permaneciera neutral. En un principio, Mussolini se apuntó al bando de los que se oponían a la guerra, pero no tardó mucho en pasarse a las filas de los intervencionistas. Su apoyo a favor de la participación de Italia en la intervención armada le valió la expulsión del Partido Socialista y le obligó a dejar la dirección del diario Avanti. Pero se consoló fundando un nuevo periódico: El Pueblo de Italia.

Pasión. En aquel momento, el romance entre la Dalser y Mussolini pasaba por su momento más tórrido. Hasta el punto de que ella no sólo defendía con uñas y dientes a su amado de las numerosas críticas de sus cada vez más numerosos enemigos sino que, para ayudarle económicamente a poner en marcha el nuevo rotativo, vendió su negocio de belleza y puso a su disposición todos sus ahorros. La relación entre ambos iba en aquel entonces tan viento en popa que la pareja llegó incluso a iniciar los preparativos de su boda. Una boda que pronto adquirió carácter urgente, dado que Ida quedó embarazada.

Pero los días de vino y rosas duraron poco. El Duce, concentrado en recaudar fondos con los que financiar su nuevo periódico, repartía el poco tiempo libre que le quedaba entre sus varias amantes. Y, sobre todo, retoma la relación con su viejo amor, Rachele Guidi, con quien ya tenía una hija. En medio de todo aquello, Italia le declara la guerra a Austria y Mussolini parte a luchar al frente. Ida Dalser permanece en Milán: sola, encinta y sin medios económicos con los que mantenerse. El 11 de noviembre de 1915 nace el hijo de Dalser y Mussolini. El pequeño recibe el nombre de Benito Albino. Pero, al enterarse de la llegada del niño al mundo, Rachele Guidi se hunde en una depresión e intenta suicidarse. Empujado por los acontecimientos, Mussolini decide casarse civilmente con ella. Pero dado que está en el frente, el matrimonio se celebra por poderes.

La Dalser, por su parte, no termina de creerse que su amado la haya dejado plantada para contraer nupcias con Rachele Guidi. Así que va proclamando a los cuatro vientos que es ella la única y legítima esposa de Mussolini. Con tal furia y apasionamiento que llega incluso a convencer de ello al Ayuntamiento de Milán, que emite un documento reconociéndole el derecho a un subsidio de guerra como esposa del soldado Benito Mussolini.

Y aún hay más. El 11 de enero de 1916, sólo dos meses después del nacimiento de su hijo, la Dalser consigue que su marido reconozca la paternidad del pequeño ante un notario. El Duce, cuya posición económica ha mejorado notablemente, se compromete incluso a hacerse cargo del sustento económico del niño. Ida inscribe al crío en el registro de Milán con el apellido del padre.

Sin embargo, tras haber reconocido al niño, Mussolini trata de quitárselo a la madre. El caso termina en los tribunales, donde los jueces acaban concediendo la guardia y custodia del pequeño a la madre y condenando al padre a pagar 12.000 liras mensuales a la Dalser para colaborar en la manutención del crío. A partir de ese momento, los dos ex amantes están en guerra abierta.

Ida va por ahí criticando abiertamente a Mussolini y lanzando graves acusaciones contra él. La aún incipiente carrera del Duce se ve amenazada por las imputaciones de la Dalser, que asegura que Francia ha ayudado económicamente a Mussolini a poner en marcha su nuevo periódico, a cambio de que éste presionara desde las páginas del diario para que Italia entrara en la guerra apoyando a Francia. El Ministerio del Interior italiano llega a abrir una investigación sobre el asunto, al que, sin embargo, termina dando carpetazo. El tiempo acabaría demostrando que las acusaciones de Ida Dalser eran ciertas.

Nada ni nadie fue capaz de detener el ascenso al poder de Mussolini, que se convierte en jefe de un movimiento político que muy pronto asume las características de una organización paramilitar en toda regla: los Camisas Negras. En octubre de 1922, y en un momento de gran desestabilización política en Italia, nada menos que 25.000 Camisas Negras marchan sobre Roma sin resistencia a su paso. Mussolini recibe el encargo de formar un nuevo Gobierno y se convierte en el primer ministro más joven de la historia de Italia. Mientras tanto, Benito Albino crece junto a su madre en Sopramonte, bajo la atenta mirada de la policía que les sigue allí donde van.

Convertido en jefe del Gobierno, el Duce deja la dirección de El Pueblo de Italia a la única persona en la que confía ciegamente: su hermano Arnaldo. Y a él también le encarga la delicada y siniestra tarea de gestionar los fondos secretos del recién nacido Partido Fascista, destinados a asuntos de naturaleza privada entre los que se encuentra el hijo que ha tenido con Ida Dalser. A partir de ese momento, Arnaldo será quien tome todas las decisiones importantes concernientes a la ex amante de su hermano y al hijo de ambos.

Sin apellido paterno. Una de las primeras disposiciones de Arnaldo consiste en prohibir a Benito Albino utilizar el apellido de su padre. Pero, ignorando esa orden, la Dalser sigue pregonando a los cuatro vientos que el chaval es hijo del Duce. Su rebeldía llega a un punto tal que, en una carta a sus superiores, el jefe de la Policía de Sopramonte se atreve a mencionar por primera vez el manicomio como la solución al “problema Dalser”.

Pero ella, erre que erre, continuó desafiando a su ex amante. De hecho, y con motivo de la visita a Trento del Ministro de Educación, el 19 de junio de 1926, la Dalser trata de burlar la vigilancia policial para acercarse al político (al que conocía de sus tiempos de Milán) y pedirle que la ayude a poner remedio a las injusticias de las que es objeto. Pero no lo consigue: antes de poder aproximarse al ministro, es arrestada y recluida en el Psiquiátrico de Trento. Allí permanecerá hasta su fuga, el 15 de julio de 1935, sin dejar ni un solo día de proclamar su lucidez, alegando que su ingreso en aquel tenebroso lugar respondía a una represalia del Duce en su contra para que no volviera a ver nunca a su hijo.

Tras su encierro, el régimen fascista pasa a ocuparse del vástago. Benito Albino es enviado a un colegio no muy lejos de Trento. Pero el crío se escapa, así que Arnaldo decide trasladarlo a una escuela más lejana y con una disciplina más dura: el internado Carlo Alberto de Moncalieri, donde educan a los pupilos de la aristocracia italiana.

El chaval pronto da signos de haber heredado el carácter rebelde de su madre. En el colegio, y a pesar de las órdenes explícitas que ha recibido de no revelar a nadie que su padre es el jefe del Ejecutivo, Benito Albino aprovecha cualquier ocasión que se le presenta para contarlo a sus compañeros. El problema es que a ese colegio acuden los hijos de las más ricas e influyentes familias italianas, con lo que el régimen fascista comienza a considerar la conducta de Benito Albino como un peligro para la imagen del Duce. Así que el niño es enviado a casa del hombre que ha sido nombrado su tutor: Guilio Bernardi, comisario de Sopramonte y fascista hasta la médula.

La muerte prematura de Arnaldo Mussolini en 1931 de un infarto en su despacho del diario El Pueblo de Italia deja el destino de Benito Albino en manos de Guilio Bernardi. Y más a partir del momento en que éste termina el procedimiento legal para que el joven lleve su apellido y no el de Mussolini. Pero, a pesar de ello, el chico continúa declarándose públicamente hijo del Duce.

Además el joven, que ya tiene 17 años, muestra una sorprendente semejanza física con su padre. Tanto que Bernardi da órdenes a la Policía de Trento de que se destruyan todas las fotografías del chico que circulan por la ciudad. Y, como golpe final, lo enrola en la Marina, enviándolo a la Escuela Naval de La Spezia, donde también estudia un sobrino suyo al que encarga vigilar de cerca al muchacho.

En agosto de 1934, terminada su instrucción en la Escuela Naval, el hijo del Duce es enviado a extremo Oriente, embarcando en el buque Quarto, atracado en el puerto de Shanghai. Allí también sigue proclamando a todo aquel que desea escucharle que es hijo del líder fascista. Y allí recibe en la primavera de 1935 un telegrama de Bernardi comunicándole la muerte de su madre en el manicomio. Benito Albano, que está muy unido a ella a pesar de que no le han permitido verla desde su ingreso en el psiquiátrico, cae en una profunda depresión. Tan profunda que el comandante de la nave decide reenviarlo a Italia con el argumento de que “resulta peligroso para sí mismo y para los otros”.

Encerrados. A su llegada a Italia, es recluido en una celda de aislamiento de la Marina Militar de Brindisi por tres semanas. Durante la serie de interrogatorios y visitas psiquiátricas a las que es sometido, le dicen que su madre no ha muerto, que está viva, que es una prostituta y que sufre un fuerte desequilibrio mental. Efectivamente, Ida Dalser no ha fallecido. Continúa en el manicomio de Pergine, donde lleva ya encerrada nueve años. En ese tiempo ha escrito miles de cartas a parientes, amigos y autoridades políticas (la inmensa mayoría de las cuales jamás llegaría a sus destinatarios), en las que asegura estar perfectamente cuerda y en las que acusa al régimen fascista de haberle quitado a su hijo. Durante siete años, no se le ha permitido recibir ninguna visita, y sus contactos con otros pacientes permanecen limitados al máximo.

Pese a las férreas medidas de seguridad, la noche del 15 de julio de 1935, Ida Dalser consigue fugarse del manicomio. Acude a casa de su familia en Sopramonte, con la esperanza de ver a su hijo. Pero tres días después de su huida es arrestada por la Policía e internada en el frenopático de San Clemente, en una isla de la laguna de Venecia.

Honda depresión. A pesar de haber sido informado de que su madre está viva, Benito Albino no logra levantar cabeza y continúa sumido en una honda depresión. Su ya padre adoptivo, Guilio Bernardi, ordena el 5 de agosto de 1935 su internamiento en el hospital psiquiátrico de Milán, aunque en la ficha clínica se hace constar que su ingreso en el centro es “voluntario”. Los médicos diagnostican que padece síndrome paranoide (justo la misma enfermedad que en su día le fue atribuida a su madre) y decretan que su internamiento sea definitivo.

Ida Dalser muere en el manicomio de Venecia el 3 de diciembre de 1937 de una hemorragia cerebral. Es enterrada en una fosa común. Benito Albino, por su parte, fallece el 26 de agosto de 1942 en el Psiquiátrico de Milán, con tan sólo 27 años y con la mitad de peso del que tenía cuando ingresó “voluntariamente” en el centro. Como en el caso de la madre, el régimen fascista trata por todos los medios de ocultar la realidad sobre su muerte. Así, según la versión oficial, el hijo de la pareja falleció en 1941 en acción de guerra.

Han sido dos periodistas los que, finalmente, han desbaratado el cuidadoso mecanismo orquestado por el régimen fascista para ocultar la existencia de un hijo secreto del dictador. “El descubrimiento de la verdad ha comenzado a través de un amigo, que estuvo de vacaciones en Trento y que a su regreso nos contó que allí se hablaba de un hijo de Mussolini que había estado ingresado en un manicomio. Al principio, pensamos que se trataba de una invención”, admite Fabrizio Laurenti, autor junto con Gianfranco Norelli del documental que ha probado que Benito Albino era hijo de Mussolini.

Laurenti reconoce que ya antes que ellos otros reporteros habían hablado de la existencia de un hijo secreto del Duce que fue internado en un manicomio por orden del líder fascista. “Pero ninguno había conseguido confirmar este hecho de manera oficial”, añade. Sin embargo ahora, y a la vista de las numerosas pruebas documentales que por primera vez han logrado reunir los dos periodistas, no hay duda que valga: Benito Albino era hijo de Mussolini y, a fin de ocultárselo al mundo, él y su madre lo pagaron con su vida.
 

viernes, 7 de noviembre de 2014

El Cristianismo

EL CRISTIANISMO

SIGUIENTE
Desde que Tiberio se retiró a Capri y dejó el gobierno del Imperio Romano en manos de Sejano, la vida en Roma se volvió peligrosa. Sejano endureció las leyes contra la traición y mucha gente fue procesada por causas mínimas. Las delaciones eran recompensadas, hasta el punto que hubo quienes se ganaban la vida con ellas (y, naturalmente, a un delator profesional no le importaba mucho si sus acusaciones tenían fundamento). En 30 Agripina, la viuda de Germánico, fue acusada de conspiración contra Tiberio. Pudo haber algo de cierto, pues al parecer creía que el emperador había envenenado a su marido. Sejano no se atrevió a actuar contra ella sin el respaldo de Tiberio, pero lo convenció para que la exiliara. El año anterior Tiberio había desterrado, también a instancias de Sejano, a Nerón Julio César, al que seis años antes había nombrado heredero. (Ese mismo año murió Livia, la viuda de Augusto.)
Pero los acontecimientos más trascendentes del momento estaban teniendo lugar inadvertidamente en Jerusalén. Unos días después de la muerte de Jesús corrió el rumor entre sus seguidores de que había resucitado. Los cuatro evangelios (especialmente los tres primeros) son bastante coherentes en cuanto a los hechos que narran, pero a partir de la crucifixión se diversifican. Así, según san Mateo, las primeras en ver a Jesús resucitado fueron María Magdalena y "la otra María"; según san Marcos fue María Magdalena; según san Lucas fueron María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago; mientras que según san Juan fue María Magdalena. María Magdalena era una prostituta, de la que algunos conjeturan que fue amante de Jesús y, sea esto cierto o no, parece ser que fue una de las que más lloraron su muerte. Es razonable conjeturar que fue ella quien inició el rumor sobre la resurrección, probablemente aturdida y afectada por los acontecimientos. Ahora bien, si a uno le cuentan que un hombre ha resucitado, es difícil no mostrar cierto escepticismo, y si además resulta que el testigo ocular es alguien sentimentalmente vinculado con el difunto a quien la muerte le ha dejado fuera de sí, y además se trata de una prostituta (tengamos en cuenta la mentalidad de la época), la credibilidad de la noticia disminuye considerablemente. Por ello, es de prever que los primeros añadidos que tendrá el rumor al pasar de boca en boca irán encaminados a aportar testigos más solventes, y así no es de extrañar que María Magdalena pronto se viera acompañada en su testimonio por otras mujeres de más prestigio e imparcialidad reconocida.
Es razonable suponer que, ante el rumor, la gente buscara confirmación en los más allegados a Jesús, esto es, los doce discípulos. Éstos no habían mostrado una actitud muy heroica cuando su maestro fue capturado. Al parecer se dispersaron y negaron conocerle de nada. Luego, cuando las aguas se hubieron calmado y tal vez confusos por las gentes que les preguntaban si era verdad que Jesús había resucitado, decidieron reunirse. En realidad sólo acudieron once de ellos, pues Judas Iscariote había participado en la detención de Jesús y, según los evangelios, se ahorcó poco después, presa del remordimiento (aunque esto suena más a moraleja que a historia real).
Los once discípulos tomaron una decisión singular: acordaron mantener que Jesús era el Mesías, que había resucitado, que se les había aparecido a todos ellos y que antes de ascender al cielo les había ordenado que continuaran predicando en su nombre el evangelio, esto es, anunciando a todos los judíos que en breve volvería a la tierra en majestad para juzgar a vivos y muertos. Así se convirtieron en losapóstoles (enviados) de Jesucristo (Jesús el Mesías). Para completar el número redondo de doce, Judas Iscariote fue reemplazado por Matías.
Para dar coherencia a su historia afirmaron que Jesús se había entregado voluntariamente al tormento. Al igual que los judíos sacrificaban animales para que se les perdonaran sus pecados, Jesús se había ofrecido en sacrificio para que Dios perdonara a los judíos todos sus pecados, era el Cordero de Dios, el cordero que Dios había enviado a la tierra para que los judíos lo sacrificaran por sus pecados.
Para dar mayor credibilidad a toda esta historia, los apóstoles emplearon una técnica muy frecuente en los textos bíblicos, lo que podríamos llamar la profecía a posteriori: Afirmaron que Jesús les había anunciado su intención de sacrificarse, así como que resucitaría al tercer día. Pero eso es absurdo. Según cada uno de los evangelios, Jesús advirtió a sus discípulos que iba a resucitar al menos en tres ocasiones distintas. Se supone que ellos escuchaban con atención a su maestro, y nada podía impactarles más que la profecía de su resurrección. Entonces, ¿qué sentido tienen pasajes como éste?:
Las que refirieron esto [que Jesús había resucitado] a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María, la madre de Santiago y otras compañeras suyas, si bien a ellos estas nuevas les parecieron un desvarío y no las creyeron. (Lc. XXIV, 10-12)
Los discípulos no podían negar que su primera reacción cuando les dijeron que Jesús hubiera resucitado fue de completo escepticismo, y así ha quedado constancia de ello en la Biblia. Por si esto no bastara, he aquí las últimas palabras de Jesús en la cruz según cada evangelista:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt. XXVII, 46, Mc. XV, 34)
[Dirigiéndose a Dios] ¡A tus manos encomiendo mi espíritu! (Lc. XXIII, 46)
Todo está cumplido. (Jn. XIX, 30)
La tercera es estoica, la segunda heroica, y la primera real. Las dos últimas puede haberlas inventado cualquiera que tuviera el propósito de contar una historia emocionante. La primera no la habría inventado nadie, luego sólo puede estar ahí por ser real (y, además, gana por mayoría simple). No es lo que diría alguien que está dando su vida por todos los judíos, sino alguien que estaba convencido de que Dios cuidaría de él como alimenta a las aves y viste a los lirios del campo, y que de repente se vio en las últimas con tres clavos en el cuerpo. Puede que sean las palabras de un gran hombre que creía profundamente en su causa, pero no las del Cordero de Dios.
La técnica de la profecía tuvo algunos usos secundarios adicionales. Por ejemplo, Pedro se convirtió en el "príncipe de los apóstoles", pero parece ser que su imagen necesitaba un lavado tras haber negado cobardemente conocer a su maestro ante el peligro, así que aseguró que Jesús le había predicho que lo iba a negar, con lo que implícitamente le perdonaba por anticipado. Igualmente, Jesús había predicho que Judas Iscariote le iba a traicionar, lo que confirmaba que su apresamiento no le llegó por sorpresa, y también la desbandada de los discípulos tras su captura, etc. Naturalmente, los apóstoles no se pusieron de acuerdo más que en lo esencial, y los detalles de su mentira los debieron de ir improvisando sobre la marcha, cada cual según su imaginación, lo que explica la diversidad de finales que presentan los evangelios.
Un último elemento que incorporaron los apóstoles a su doctrina fue el Espíritu Santo. Su finalidad es clara: es típico de las masas negar a los sucesores la confianza que habían depositado en un líder carismático. Además los seguidores de Jesús podían preguntarse por qué habían sido abandonados tan pronto, cuando tanta falta les hacía el Mesías. La solución era sencilla: Jesucristo había ascendido al cielo para estar junto al Padre hasta el día de su segunda venida, el día del Juicio Final, pero dejó en la tierra el Espíritu Santo, gracias al cual los apóstoles recibían la inspiración necesaria para desempeñar su misión exactamente según la voluntad de Cristo, al igual que si él mismo estuviera presente. En particular podían seguir sanando enfermos, expulsando demonios, etc.
Los seguidores de los apóstoles fueron llamados nazarenos (porque eran los discípulos del Nazareno, como se conocía a Jesús), pero más adelante, cuando quedó claro el énfasis que ponían en que Jesús era el Mesías (o Cristo), pasaron a ser conocidos como cristianos.
Es natural preguntarse qué impulsó a aquellos doce hombres a hacer todo esto. Es poco probable que la razón fuera única y la misma para todos. Tal vez creyeron el mensaje de su maestro sobre la futura llegada del Mesías, y pensaron que la única forma de continuar su labor era compensar el desprestigio causado por su muerte con la mentira de su resurrección, o tal vez les gustaba la vida a la que les había llevado Jesús y no querían volver a sus antiguas ocupaciones, y también está el único motivo que los textos bíblicos insinúan:
Los apóstoles, con gran valor, daban testimonio de la resurrección de Jesucristo, Señor nuestro, y en todos los fieles resplandecía la Gracia con abundancia. Así es que no había entre ellos persona necesitada, pues todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas y lo ponían a los pies de los apóstoles, el cual después se distribuía según la necesidad de cada uno. De esta manera José, a quien los apóstoles pusieron el sobrenombre de Bernabé, que era levita y natural de la isla de Chipre, vendió una heredad que tenía, y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles. Un hombre llamado Ananías, con su mujer, Safira, vendió un campo y, de acuerdo con ella, retuvo parte del precio y, trayendo el resto, lo puso a los pies de los apóstoles. Mas Pedro le dijo: Ananías, ¿cómo ha tentado Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo reteniendo parte del precio de ese campo? ¿Quién te impedía conservarlo? Y aun habiéndolo vendido, ¿no estaba su precio a tu disposición? ¿Pues a qué fin has urdido en tu corazón esta trampa? No mentiste a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó en tierra y expiró. Con lo cual, todos los que tal suceso supieron, quedaron en gran manera atemorizados. En la misma hora vinieron unos mozos, lo sacaron y lo llevaron a enterrar. No bien pasaron tres horas cuando su mujer entró, ignorante de lo acaecido. Le dijo Pedro: Dime, mujer, ¿es así que vendisteis el campo por tanto? Si, respondió ella, por ese precio lo vendimos. Entonces Pedro le dijo: ¿Por qué os habéis concertado para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los que enterraron a tu marido, y ellos mismos te llevarán a enterrar. Al momento cayó a sus pies, y expiró. Entrando luego los mozos, la encontraron muerta y, sacándola, la enterraron junto a su marido, lo que causó gran temor en toda la Iglesia, y en todos los que tal suceso oyeron. (Hch. IV, 33-37, V, 1-11)
La primera comunidad de cristianos en Jerusalén no debió de ser muy numerosa, y no es muy probable que contara con fieles tan generosos, pero parece ser que los apóstoles, imitando a su maestro, instaban a los judíos a desprenderse de sus posesiones, si bien con el matiz de que les inducían a entregarlas a la Iglesia. La existencia de esta estremecedora historia de san Pedro matando a una mujer en nombre de Dios porque había ocultado una parte de su dinero sugiere que los apóstoles incidieron tanto en este punto de sus prédicas que lograron impactar a sus seguidores.
Poco a poco el cristianismo se fue extendiendo. En realidad los cristianos eran una secta judía ortodoxa en todos los aspectos, salvo por que creían que el Mesías había llegado ya, y no tardaría en volver. En general no llamaban mucho la atención, pero los que insistían mucho en su peculiar visión del mesianismo se ganaban la animadversión de los otros judíos (que consideraban blasfema la idea de un mesías crucificado) y la de los saduceos, que no querían oír hablar de ninguna clase de mesías.
En 31 Sejano logró que Tiberio ordenara ejecutar a Nerón Julio César, que estaba casado con Julia, la nieta del emperador. Llegó a oídos de Tiberio que Sejano planeaba casarse con Julia, lo que apuntaba a que trataba de convertirse en su sucesor. Más aún, Sejano fue acusado de haber envenenado años atrás a Druso, el hijo de Tiberio. Según esta acusación, sin que Tiberio hubiera sospechado nada, Sejano había sido amante de Livia, la esposa de Druso, que a su vez era hermana de Germánico y había estado casada previamente con Cayo Julio César, el nieto de Augusto. Entre los dos habrían planeado el envenenamiento de Druso. Ese mismo año el emperador envió una carta a Roma desde Capri por la que el todopoderoso primer ministro fue ejecutado de inmediato. Livia fue encarcelada y no tardó en morir. Tiberio retomó las riendas del Imperio. Las delaciones se multiplicaron y muchos senadores cayeron en desgracia.
Con la muerte de Sejano, el que había sido su protegido, Poncio Pilato, tuvo que andar con pies de plomo en Jerusalén. Por aquel entonces, un cristiano llamado Esteban fue lapidado por blasfemo. Fue el primer mártir cristiano. En la lapidación participó un joven judío, de unos veintiún años, llamado Saulo de Tarso. Era ciudadano romano, pues su padre había logrado la ciudadanía a base de dinero. En su ciudad natal había frecuentado los círculos intelectuales, hablaba griego, estaba familiarizado con la filosofía estoica y con las religiones mistéricas, y se había trasladado a Jerusalén para estudiar el judaísmo en la escuela rabínica del fariseo Gamaliel. Pronto destacó por el más escrupuloso respeto a la ley, lo que le llevó a convertirse en el más acérrimo enemigo de la herejía cristiana (o nazarena, como aún era conocida).
En 33 Tiberio hizo ejecutar a Agripina, que seguía en el exilio, así como a Druso Julio César, el que hasta entonces había destinado a la sucesión. Esto le planteó el problema de elegir un nuevo sucesor. No sin vacilaciones se decantó por Cayo Julio César, hermano de Druso y de Nerón, hijo de Germánico. Lo tenía por un incompetente, pero no veía una opción mejor.
Un par de años antes había llegado a Roma un joven de treinta y tres años llamado Lucio Anneo Séneca. Había nacido en Córdoba, en España, donde vivía su familia tal vez desde hacía más de un siglo, pero cuando tenía catorce años (durante el reinado de Augusto), se trasladó a Roma con sus padres, y allí estudió retórica hasta los dieciocho años, luego pasó unos años estudiando la filosofía estoica, volvió a la oratoria y se inició en la abogacía. Los últimos años los había pasado en Alejandría por motivos de salud, en casa de un tío suyo. De vuelta a Roma reanudó su vida de orador e inició la publicación de su obra Del país y la religión de los egipcios, que actualmente se ha perdido. Finalmente obtuvo una cuestura y en 34 fue nombrado senador (su familia pertenecía al orden ecuestre). Ese mismo año murió el tetrarca Herodes Filipo.
Mientras tanto en Oriente se estaban produciendo ciertos cambios. Tal vez fue por esta época cuando los chinos inventaron el papel, aunque el invento tardaría mucho tiempo en llegar a Occidente. El emperador Huang Wudi logró establecer un sistema de alianzas con un sector de los hunos, y paulatinamente logró emplearlos para defenderse del resto. Con la ayuda de la caballería huna, el Imperio Chino dominó grandes extensiones de Asia Central.
Más hacia el oeste, el antiguo estado Bactriano, tras un periodo de decadencia debido a las invasiones tokarias, había resurgido bajo una nueva organización. Por estas fechas un caudillo tokario llamadoKujula, perteneciente al clan de los Kusana, asumió títulos imperiales, y se formó así el llamado Imperio Kusana. Kujula impuso su autoridad sobre otros grupos de tokarios y extendió sus dominios hacia el norte de la India.

Jesús de Nazaret,

JESÚS DE NAZARET


                    
SIGUIENTE
La vieja religión romana, como en su día le había ocurrido a la griega, estaba prácticamente muerta. En sus inicios, tomada en gran parte de los etruscos, había sido una religión de agricultores, con ritos sencillos destinados a garantizar buenas cosechas y, más en general, a adivinar el futuro para elegir los mejores momentos para cada acción, lo que después adquiriría gran importancia en las cuestiones militares. Después se fundió con la religión griega, lo que le dio una mayor riqueza, atractivo y valor literario, pero no más credibilidad. En tiempos del Imperio eran pocos los romanos para los que Júpiter, Marte, Venus, etc. significaban realmente algo, si bien esto no era óbice para que el escrupuloso cumplimiento de los ritos y el respeto hacia los dioses diera buena imagen y fuera considerado signo de honorabilidad. Esta circunstancia le permitió sobrevivir formalmente, pese a su agonía interna. Además, con la muerte de Augusto se instituyó definitivamente el Culto Imperial, por el que los emperadores recibían honores divinos en vida y eran considerados dioses de pleno derecho tras su muerte. El Culto Imperial fue uno de los soportes de la autoridad del emperador. Por ejemplo, los soldados romanos, en su juramento de lealtad, tenían que reconocer la naturaleza divina del emperador, de modo que cualquier intento de rebelión podía desatar la venganza de los dioses, una posibilidad capaz de inquietar a muchos legionarios rudos, pero supersticiosos. De este modo, el fomento del Culto Imperial iba acompañado necesariamente de un estímulo de las creencias religiosas tradicionales, pues una manifestación pública de ateísmo, o simplemente de falta de devoción, podría confundirse fácilmente con un desacato al mismo emperador.
Augusto trató en vano de conseguir que los romanos creyeran sinceramente en sus dioses, al tiempo que trató de desalentar los cultos extranjeros. Sin embargo, bajo Tiberio éstos últimos volvieron al primer plano, si es que habían dejado de estarlo alguna vez. Las religiones orientales resultaban más atractivas en muchos aspectos. El culto a las diosas Démeter, Cibeles e Isis eran particularmente gratos a las mujeres, pues se las consideraba diosas amorosas y compasivas. La diosa Isis se asociaba especialmente con el amor maternal hacia su hijo Horus. Para los hombres con ideales más viriles estaba Mitra, el dios persa del Sol, al que se le representaba como un hombre joven apuñalando a un toro. Era un guerrero invicto que no envejecía ni perdía vigor. Su culto, con un fondo de mazdeísmo, se convirtió en una religión de soldados, del que las mujeres estaban excluidas. También estaba Serapis, la versión grecolatina de Apis, el toro sagrado egipcio encarnación de Osiris. (Serapis es una deformación de Osiris-Apis). Éstas eran religiones para gentes sencillas. Los más refinados tenían a su disposición las religiones mistéricas griegas, que, envueltas en su aureola esotérica, habían conservado su vigor pese al declive de Grecia. La más famosa era la de los misterios eleusinos. Todas estas religiones tenían un punto en común que las diferenciaba de las creencias tradicionales de griegos y romanos: los dioses "usuales" podían proporcionar protección o buenas cosechas, pero apenas se interesaban por el individuo. Por el contrario, cada cual a su manera, de un modo u otro, las creencias que acabamos de mencionar involucraban alguna forma de salvación tras la muerte, de contacto con lo divino, de consuelo ante las adversidades y, en definitiva, todas daban un sentido a la vida.
Una alternativa a la religión para dar sentido a la vida era la filosofía. Platón y Aristóteles eran demasiado intelectuales para alcanzar mucha popularidad, pero, por el contrario, la filosofía epicúrea (que, muy resumidamente, propugnaba la búsqueda del placer dentro de la moderación) tuvo incontables seguidores entre los griegos cultos y no tardó en contagiar a los romanos. Tanto fue así que "epicúreo" se convirtió casi en sinónimo de griego. En Judea, donde la cultura griega ejercía gran influencia desde la época del dominio seléucida, los judíos conversos eran llamados epicúreos, y aún hoy se les conoce como "apikoros". Otra escuela filosófica en boga (bastante menos popular, pero más admirada), fue el estoicismo, la vieja doctrina fundada por Zenón de Citio unos trescientos cincuenta años atrás, que propugnaba el autodominio y la indiferencia ante el placer y el dolor.
Sin embargo, el mayor fenómeno religioso de la época estaba a punto de hacer su aparición en Judea o, más precisamente, al norte, en Galilea. Judea era sin duda la zona del Imperio donde se registraban más tensiones, precisamente por motivos religiosos. En 26 Tiberio consideró finalmente que podía confiar a Sejano el gobierno del Imperio y se retiró a la isla de Capri, en la bahía de Nápoles. Los historiadores romanos contaron que allí se dio a toda clase de orgías, pero es difícil creerlo si tenemos en cuenta que el emperador contaba ya con sesenta y ocho años, que toda su vida había estado marcada por la austeridad y que no era la primera vez que los muchos senadores que habían visto menguadas sus prerrogativas trataban de difamarlo. Ese mismo año Sejano nombro procurador de Judea a uno de sus protegidos: Poncio Pilato. Fue el sexto procurador romano en la región desde que Augusto depusiera a Arquelao.
Mientras tanto Galilea seguía gobernada por Herodes Antipas, que se las arreglaba para contener el desagrado que los judíos mostraban ante un rey de origen idumeo. Uno de sus críticos más severos fue un predicador llamado Juan el Bautista. Vivía al este del Jordán y allí instaba a los judíos a retomar su fe con nuevas fuerzas, arrepintiéndose de sus pecados pasados. Como símbolo de este arrepentimiento Juan "lavaba" los pecados de sus seguidores mediante una ablución en las aguas del Jordán. "Bautista" significa en griego "que sumerge en el agua".
Su más famoso discípulo se llamaba Joshua (Yahveh salva) pero es más conocido por la versión latina de su nombre: Jesús de Nazaret. (Nazaret, sin duda su lugar de nacimiento, era una ciudad de Galilea.) Fue uno de los muchos a los que algunos judíos tomaron por el mesías, con la diferencia de que la historia ha hecho que hoy en día medio mundo siga creyéndolo. En un momento dado, Jesús dejó a su maestro y se retiró al desierto por un tiempo, tras lo cual, en 28, empezó a predicar su propia doctrina. El rey nabateo (padre de la esposa que Herodes había repudiado para casarse con Herodías) había declarado la guerra a Herodes. La cosa había quedado en nada gracias al poderío romano, pero Herodes se sintió humillado. Juan el Bautista intensificó sus acusaciones de incesto hacia Herodes (por haberse casado con su sobrina Herodías), y sus palabras fueron especialmente ofensivas para con la reina. En parte por esto y en parte porque Herodes acusó al Bautista de estar pagado por el rey nabateo, el predicador fue encarcelado ese mismo año y ejecutado un tiempo después, a instancias de Herodías.
Volviendo a Jesús, hay que decir que las fuentes históricas sobre su vida son problemáticas. Las principales son los cuatro evangelios que forman parte de la Biblia, textos basados en una tradición que fue transmitida oralmente durante casi cuarenta años. Estos textos contienen mucho material ficticio destinado a "demostrar" que Jesús era realmente el Mesías. Aquí hemos de incluir en particular todos los datos sobre su vida anterior a su carrera como predicador, en especial las circunstancias de su nacimiento. Así, por ejemplo, el evangelio según san Mateo empieza con una supuesta genealogía de Jesús que lo remonta al mismo rey David (pues el Mesías debía ser un descendiente de David). También explica que, pese a que los padres de Jesús vivían en Nazaret, el nacimiento tuvo lugar en Belén (al sur de Jerusalén), que era precisamente el lugar de nacimiento del rey David:
Por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto mandando empadronar a todo el mundo. Éste fue el primer empadronamiento hecho por Cirino, (que después sería)gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a la ciudad de su estirpe. José, pues, como era de la casa y familia de David, vino desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto. (Lc II, 1-6)
El relato también pretende (Mt II) que unos magos (o sea, sacerdotes persas) preguntaran al rey Herodes por el Rey de los Judíos, cuyo nacimiento les había sido anunciado por una estrella. Herodes entonces, pensando que su trono peligraba, ordenó matar a todos los niños de menos de dos años nacidos en Belén. Así fue como la fama de infanticida que tenía Herodes por haber matado a algunos de sus hijos se multiplicó desaforadamente.
Irónicamente, este celo por justificar que Jesús cumplía todos los requisitos para ser el Mesías delata la adulteración de las fuentes, pues también se justificó lo que nunca debió justificarse: Según los evangelios, la madre de Jesús (llamada Miriam, o María en su forma latina) fue siempre virgen, lo que ratificaba así una profecía que en realidad no era tal, sino tan sólo un error de traducción cometido por los redactores griegos de la Biblia de los Setenta.
Los evangelios están saturados de pasajes tan poco fidedignos como éstos. Por ejemplo, a Jesús se le atribuyen numerosos milagros, pero la mayoría de ellos son "remakes" de milagros anteriores, principalmente de Elías y Eliseo:
Vino a la sazón un hombre de Baalsalisa que traía para el varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada y trigo nuevo en su alforja. Y dijo Eliseo: Dáselo a la gente para que coma. A lo que respondió el criado: ¿Qué es todo eso para ponerlo delante de cien personas? Replicó Eliseo nuevamente: Dáselo a la gente para que coma; porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará. Finalmente lo puso delante de la gente, y comieron todos, y sobró, según la palabra del Señor. (Re II, 42-44)Al caer la tarde, sus discípulos se llegaron a él diciendo: El lugar es desierto y la hora es ya pasada. Despacha a esas gentes para que vayan a las poblaciones a comprar que comer. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse: dadles vosotros de comer. A lo que respondieron: No tenemos aquí más de cinco panes y dos peces. Díjoles él: Traédmelos acá. Y habiendo mandado sentar a todos sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo los bendijo, y los partió, y dio los panes a los discípulos, y los discípulos los dieron a la gente. Y todos comieron, y se saciaron, y de lo que sobró se recogieron doce canastos llenos de pedazos. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. (Mt XIV, 15-21)
Sin embargo, esto no significa que Jesús no tuviera en vida fama de hacer milagros. Aquí conviene hacer una reflexión general: los evangelios contienen tantos pasajes fantasiosos que algunos historiadores han recelado de su valor documental, llegando incluso a dudar de la existencia misma de Jesús. Sin embargo, sucede que los propios evangelios aportan uno de los argumentos más convincentes en favor de su trasfondo histórico. Aunque los evangelistas no dudaron en añadir cuantos pasajes juzgaron necesarios para presentar la imagen de Jesús tal y como fue concebida tras su muerte por sus seguidores, sin embargo, no se atrevieron a eliminar algunos pasajes que contradecían dicha imagen. La única explicación para la presencia de estos pasajes "embarazosos", para los que posteriormente hubo que encontrar delicadas justificaciones, es que realmente existió un Jesús histórico que no era exactamente lo que luego se dijo que era, y ello quedó reflejado en varias tradiciones tan firmemente arraigadas que sus discípulos no pudieron negarlas, y lo máximo que pudieron hacer fue disimularlas entre otras ficciones acordes con la imagen de Jesús que pretendían transmitir. Ya hemos visto algún ejemplo débil de este fenómeno: si Jesús no hubiera existido, se habría criado sin duda en Belén, y no en Nazaret, de modo que no habría hecho falta recurrir a un empadronamiento para que su nacimiento se hubiera producido en Belén.
Otro ejemplo, del que podemos deducir que, en efecto, Jesús tuvo fama de sanador y taumaturgo, es que los evangelios reconocen que cuando trató de predicar en Nazaret, donde le conocían de niño, apenas fue tomado en serio:
¿No es éste aquel artesano, hijo de María, hermano de Santiago, y de José, y de Judas, y de Simón?, ¿y sus hermanas no moran aquí entre nosotros? Y estaban escandalizados de él. Mas Jesús les decía: Cierto que ningún profeta está sin honor sino en su patria, en su casa y en su parentela. Por lo cual no podía obrar milagro alguno; curó solamente algunos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. (Mc. VI, 3-5)
(La interpretación oficial dice que los "hermanos" de Jesús citados aquí eran en realidad "primos hermanos", pues pretender que María tuvo otros hijos sin dejar de ser virgen era ya excesivo.) En aquellos tiempos, al igual que hoy en día, un curandero no podía "curar" a los escépticos. Más en general, Jesús se muestra incapaz de hacer milagros siempre que le son requeridos como prueba de su calidad de profeta. Si Jesús no hubiera existido, habría protagonizado numerosos pasajes como éste, más propios de la tradición judía:
De nuevo dijo Elías al pueblo: He quedado yo solo de los profetas del Señor; cuando los profetas de Baal son en número de cuatrocientas cincuenta personas. Se nos den dos bueyes, de los cuales escojan ellos uno y, haciéndolo pedazos, pónganlo sobre la leña, sin aplicarle fuego, que yo sacrificaré el otro buey, lo pondré sobre la leña y tampoco le aplicaré fuego. Invocad vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y aquel dios que mostrare oír enviando el fuego, ése sea tenido por el verdadero Dios. Respondió todo el pueblo a una voz, diciendo: Excelente proposición. [Los profetas intentan el milagro infructuosamente ante las mofas de Elías, en cambio Elías dispuso su altar, incluso hizo mojar la leña, e invocó a Yahveh:] Óyeme, oh Señor, escúchame a fin de que sepa este pueblo que tú eres el Señor Dios, y que tú has convertido de nuevo sus corazones. De repente bajó fuego del cielo, y devoró el holocausto, y la leña, y las piedras, y aun el polvo, consumiendo el agua que había en la reguera. Visto lo cual por el pueblo, se postraron todos sobre sus rostros, diciendo: El Señor es el Dios, el Señor es el Dios. Entonces les dijo Elías: Prended a los profetas de Baal, y que no se escape ninguno de ellos. Presos que fueron, los mandó llevar Elías al arroyo de Cisón, y allí les hizo quitar la vida. (1 Re XVIII, 22-40)
Jesús eligió doce discípulos, que fueron sus principales seguidores. Sus nombres eran Simón, Juan, Santiago el Mayor, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el Menor, Simón el Zelote, Judas Tadeo y Judas Iscariote. De entre ellos Simón fue el más allegado a Jesús. Éste le puso el sobrenombre de Cefas, "piedra" o "roca", al parecer como símbolo de que iba a ser su principal apoyo o fundamento. La palabra "cefas" es masculina en arameo, pero femenina en latín (petra), de modo que el nuevo nombre de Simón pasó a ser Petrus en latín, es decir, Pedro. Respecto al último discípulo, el apelativo "Iscariote", añadido probablemente para distinguirlo del otro Judas, no significa nada en Arameo ni en Hebreo, pero parece ser una deformación de "Sicario". Jesús tuvo la prudencia de no meterse con Herodes, al contrario que Juan el Bautista, así es que pudo predicar en paz y poco a poco fue ganándose la confianza y la admiración de muchos galileos. En ello debió de influir, sin duda, su gran personalidad, pero no menos la doctrina que predicaba. Es probable que una muestra representativa de ella sea el sermón de la montaña:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia [por ser justos], porque de ellos es el Reino de los Cielos. [...]No penséis que yo he venido a destruir la Ley ni los profetas. No he venido a destruirla, sino a darle cumplimiento. Que con toda verdad os digo que antes faltarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse perfectamente cuanto contiene la Ley, hasta un solo ápice de ella. Y así, el que violare uno de estos mandamientos, por mínimos que parezcan, y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño en el Reino de los Cielos; pero el que los guardare y enseñare, ese será tenido por grande en el Reino de los Cielos.
Porque yo os digo, que si vuestra justicia no es más plena y mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no matarás, y que quien matare, será condenado a muerte en juicio. Yo os digo más: quien quiera que tome ojeriza con su hermano, merecerá que el juez le condene. [...] Por tanto, si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda. [...] Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no cometerás adulterio. Yo os digo más: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo, ya adulteró en su corazón. Que si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. [...] También habéis oído que se dijo a vuestros mayores: No jurarás en falso, antes bien cumplirás los juramentos hechos al Señor. Yo os digo más: que de ningún modo juréis, ni por el cielo, pues es el trono de Dios, ni por la tierra, pues es la peana de sus pies, ni por Jerusalén, pues es la ciudad del gran rey, ni tampoco juraréis por vuestra cabeza, pues no está en vuestra mano el hacer blanco o negro un solo cabello. [...] Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Yo empero os digo que no hagáis resistencia al agravio; antes si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra, y al que quiere armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale también la capa, y a quien te forzare a andar cargado mil pasos, acompáñale otros dos mil. Al que te pide, dale, y no tuerzas el rostro al que pretende de ti algún préstamo. Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo os digo más: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre Celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores. Que si no amáis sino a los que os aman, ¿qué premio habéis de tener?, ¿no lo hacen así aun los publicanos? Y si no saludáis sino a vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular?, ¿por ventura no hacen también esto los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre Celestial es perfecto.
Guardaos bien de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres con el fin de que os vean; de otra manera no recibiréis su galardón de vuestro Padre, que está en los cielos. Y así, cuando das limosna, no quieras publicarla a son de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas, y en las calles o plazas, a fin de ser honrados de los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Mas tú cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará. [...]
No amontonéis tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vuestros tesoros en el Cielo, donde no hay orín ni polilla que los consuma, ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. [...] Ninguno puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro o, si se sujeta al primero, mirará con desdén al segundo. No podéis servir a Dios y a las riquezas. En razón de esto os digo: no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¿Que no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Pues no valéis vosotros mucho más, sin comparación, que ellas? [...] Y acerca del vestido, ¿a qué propósito inquietaros? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen y florecen. Ellos no labran, ni tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo que ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de estos lirios. Pues si una hierba del campo, que hoy está y mañana se echa en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayáis diciendo acongojados ¿dónde hallaremos qué comer y beber?  ¿Dónde hallaremos con qué vestirnos?, como hacen los paganos, los cuales andan ansiosos tras todas estas cosas, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de ellas tenéis. Así que buscad primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura. No andéis, pues, acongojados por el día de mañana, que el día de mañana harto cuidado traerá por sí; bástale a cada día su propio afán. [...] (Mt V-VI)
Así pues, el núcleo de la predicación de Jesús era la inminente llegada del Reino de los Cielos, que era concebida según la tradición farisea de origen persa sobre el Juicio Final, en el que los muertos resucitarían y un enviado de Dios, identificado con el Mesías, juzgaría a vivos y muertos:
... Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, a cuya vista todos los pueblos de la Tierra prorrumpirán en llantos; y verán al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. [...] Os aseguro que no se acabará esta generación hasta que suceda todo esto. (Mt. XXIV, 30-34)
La misión de Jesús era prevenir a los judíos para que, llegado ese día, fuesen dignos de la salvación. Para ello los conmina a respetar el espíritu de la ley mosaica y no sólo su forma, como hacen los fariseos. Aquí hay que entender que Jesús era fariseo en cuanto a sus creencias, pero él usa el término en el sentido en que hoy diríamos "puritanos" o "beatos". Al igual que logró la admiración de las gentes humildes a las que ofrecía consuelo, no tardó en ganarse la hostilidad de los judíos "respetables" a los que ponía en evidencia:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque sois semejantes a los sepulcros blanqueados, los cuales por fuera parecen hermosos a los hombres, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, y de todo género de podredumbre. (Mt. XXIII, 27)
La doctrina de regeneración moral que propone Jesús sigue la línea de los antiguos profetas, pero va mucho más allá en exigencia. De hecho propugna una actitud similar a la de los filósofos cínicos: renunciar a toda posesión y vivir de la naturaleza ejercitándose en la virtud. No es imprescindible, pero sí conveniente:
Acercósele entonces un hombre joven que le dijo: Buen maestro, ¿qué buenas obras debo hacer para conseguir la vida eterna? El cual respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos. Le dijo él: ¿qué mandamientos? Respondió Jesús: No matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo. Le dice el joven: Todos esos los he guardado desde mi juventud, ¿qué más me falta? Le respondió Jesús: Si quieres ser perfecto anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven después y sígueme. Habiendo oído el joven estas palabras, se retiró entristecido, y era que tenía muchas posesiones. Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad os digo que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. (Mt. XIX, 16-23)
Los seguidores de Jesús pretendieron que su mensaje de salvación iba destinado a toda la humanidad, pero uno de los pasajes más "molestos" de los evangelios lo desmiente:
Cuando he aquí que una mujer cananea venida de aquel territorio empezó a dar voces, diciendo: Señor, hijo de David, ten lástima de mí. Mi hija es cruelmente atormentada del demonio. Jesús no le respondió palabra. Y sus discípulos, acercándose, intercedían diciéndole: Concédele lo que pide a fin de que se vaya, porque viene gritando tras nosotros. A lo que Jesús, respondiendo, dijo: Yo no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. No obstante ella se llegó y lo adoró diciendo: Señor, socórreme. El cual le dio por respuesta: No es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros. Mas ella dijo: Es verdad, Señor, pero los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús, respondiendo, le dice ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase conforme tú lo deseas. Y en la misma hora su hija quedó curada. (Mt. XV, 22-28)
"Perros" era una expresión habitual que los judíos usaban para referirse a los gentiles (los no judíos). Así pues, Jesús tenía por "perros" a los gentiles y declara abiertamente que no ha sido enviado para ellos. Es cierto que termina atendiendo a la cananea, pero lo hace sorprendido y como una excepción. Los discípulos tampoco encuentran mejor motivo para atenderla que lograr que se vaya de una vez. Tal y como hemos comentado antes, si algo de los evangelios es auténtico, este pasaje tiene que serlo, porque si no, no estaría ahí. Es razonable inferir entonces que toda la doctrina de mansedumbre y de amar a los enemigos se refería a las relaciones de los judíos con los judíos (sin duda, Jesús no amaba a los cananeos).
En este pasaje, la cananea llama a Jesús hijo de David. Así pues, lo reconoce como el Mesías, al igual que hizo mucha gente. En los evangelios, Jesús afirma una y otra vez que es el Mesías, pero es poco creíble que hiciera tales declaraciones. Es muy probable que se tuviera realmente por un enviado de Dios, e incluso que anunciara la inminente llegada del Mesías, pero el Mesías del que él mismo hablaba era un juez poderoso que iba a ensalzar a los justos y condenar a los pecadores, exactamente como los judíos esperaban que fuera, y, ciertamente, un débil predicador no estaba a la altura del papel. Más tarde, sus seguidores afirmaron que Jesús era el Mesías en otro sentido, pero Jesús nunca trató de explicar que la concepción judía del Mesías fuera errónea. Más bien la confirmó. Un argumento de más peso es que si, con el revuelo que suscitaba, se hubiera declarado el Mesías, rey de los judíos, ya habría sido prendido y ejecutado mucho tiempo antes, acusado de traición.
En efecto, los sacerdotes judíos estaban buscando desesperadamente motivos para arrestar a Jesús. La situación en Jerusalén era tensa. Pilato había tomado posesión de su cargo con arrogancia y había introducido tropas romanas en la capital. Las tropas llevaban imágenes de Tiberio, y los judíos consideraron la presencia de tales imágenes como idolatría. Ello ocasionó revueltas, hasta el punto de que Pilato fue finalmente convencido para eliminar las imágenes. No obstante los sacerdotes sabían que Pilato estaba ansioso por tener una excusa para actuar, y no querían dársela. Un brote de mesianismo era lo último que deseaban en ese momento, pero los únicos cargos que podían presentar contra Jesús eran no lavarse las manos antes de comer, no respetar el ayuno, y cosas parecidas. Nada que pudiera preocupar a Pilato. Que la gente lo tuviera por el Mesías no era suficiente si él mismo no lo reconocía. Los evangelios recogen un intento de acusar a Jesús de un delito grave:
Entre tanto, los fariseos se retiraron para tratar entre sí cómo podrían sorprenderle en lo que hablase. Y le enviaron sus discípulos con algunos herodianos, que le dijeron: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios conforme a la pura verdad, sin respeto a nadie, porque no miras la calidad de las personas. Esto supuesto, dinos qué te parece de esto: ¿es o no es lícito pagar tributo a César? A lo cual, Jesús, conociendo su malicia, respondió: ¿por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda con que se paga el tributo. Y ellos le mostraron un denario. ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: De César. Entonces les replicó: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con cuya respuesta quedaron admirados y, dejándole, se fueron. (Mt. XXII, 15-22)
No es razonable pensar que los fariseos estuvieran dando palos de ciego. Todo el preámbulo estaba dispuesto para poner en evidencia a Jesús si se desdecía públicamente de lo que, con gran probabilidad, había afirmado en otras ocasiones en ausencia de testigos fiables que los fariseos pudieran emplear en su contra. Así lo reconoce Jesús en su respuesta: si realmente considerara correcto pagar tributos a Roma, la pregunta no habría sido una tentación. Pero Jesús hizo gala de una astucia viperina, y logró que su respuesta pudiera entenderse bien como que le parecía correcto pagar los impuestos, bien como que no reconocía la legitimidad del dinero romano.
Finalmente Jesús cometió un error. Se decidió a entrar en Jerusalén, y allí su fama le precedía: la multitud lo aclamó como el Mesías. El suceso fue lo suficientemente destacado como para que los sacerdotes se atrevieran a prenderlo y llevarlo a Pilato acusado de erigirse en Mesías, rey de los judíos y traidor a Roma. El castigo que correspondía a tal delito era la crucifixión, y así la solicitaron los sacerdotes. Al parecer, se encontraron algunos testigos falsos que declararon contra él. Los evangelios dicen que Jesús reconoció ser el Mesías ante Pilato, pero, una vez más, esto no es plausible, pues en tal caso habría sido condenado sin más trámite, mientras que la narración bíblica afirma que Pilato no consideró razonable tal castigo, y en su lugar lo hizo azotar y lo presentó al pueblo sugiriendo su indulto. En efecto, era costumbre que el procurador indultara a un preso cada año por la festividad de la Pascua, a petición del pueblo. Es probable que Pilato mandara azotar a Jesús para presentarlo en un estado lastimoso y lograr así que el pueblo se apiadase de él, pero el efecto fue el contrario: los judíos que unos días antes habían recibido eufóricos a Jesús como el Mesías se sintieron defraudados ante un Mesías que, en vez de acabar con todos sus problemas, se dejaba capturar por los romanos y reducir a tan lamentable estado. La conclusión obvia fue que ése no era el Mesías, sino un estafador que les había engañado, por lo que insistieron en que fuera crucificado ante el sorprendido Pilato. Así sucedió. Jesús fue crucificado al día siguiente, que según los evangelios era el viernes 7 de abril de 30, el año en que la festividad de la Pascua cayó en jueves. Nadie podía imaginar entonces las consecuencias que iba a tener esta crucifixión.

viernes, 12 de abril de 2013

Las Voces de los Ángeles: "Los Castrados"

Las Voces de los Ángeles: "Los Castrados"
Por Mario Solomonoff


En su libro "Historia de los Castrati", Patrick Barbier inicia el primer capítulo con las siguientes palabras: "Al bajar su cuchillo el docto cirujano o el simple barbero del pueblo, tenían conciencia de estar decidiendo irrevocablemente la gloria o la vergüenza de un hombre?". Sabemos que, desde la más remota antigüedad, la castración fue aplicada a los hombres como castigo cuando no como supuesto método curativo ante distintas enfermedades. Guerreros victoriosos decidieron frecuentemente hacer castrar a sus prisioneros como medida ideal para doblegar sus espíritus y hacerlos más sumisos a la esclavitud, (se basaban en la consideración de que los animales al ser castrados se vuelven de temperamento más dócil) asegurándose así también que el odiado enemigo no tuviera la posibilidad de reproducirse. Por otra parte, la creencia en cierto período histórico de que algunas enfermedades como la hernia, la gota, la epilepsia, la lepra y aún la locura podían tratarse favorablemente gracias a esta práctica, fue suficiente excusa para adoptarla con increíble asiduidad. Es sin embargo en el siglo XVI cuando castrados hacen su aparición cantando en las iglesias tras la prohibición del Papa Pablo IV de que las mujeres cantaran en San Pedro. Tal prohibición se basaba en una curiosa interpretación de palabras de San Pablo según quien "las mujeres deben mantener silencio en la Iglesia". Así, niños y adultos castrados reemplazaban a las voces femeninas.

Tiempo después, la medida se extendió también a los teatros de los estados pontificios donde se consideró inadmisible la presencia de mujeres en los escenarios y así muchos de estos notables cantantes de voz "angelical" lograron la admiración del público y colosales fortunas personales interpretando según el caso, tanto roles masculinos como femeninos. Varias obras de los siglos XVII y XVIII, en los que el rol de un hombre aparece escrito para soprano o contralto, no estaban pensados para una cantante "Travesti" como a veces se cree erróneamente, sino para castrados que poseían estos registros. Es el caso por ejemplo del personaje de Orfeo en "Orfeo y Eurídice" de Gluck, que fue escrito originalmente para un castrado contralto. Con Italia como principal escenario, dada su histórica tradición canora, la castración de los niños destinados al canto se realizaba entre los 7 y 12 años de edad, es decir antes de que la función glandular de los testículos diera lugar a la muda o cambio de voz. Se trataba casi siempre de niños de condición muy humilde, familia numerosa y aparentes aptitudes para lo que habían sido seleccionados.

 La posibilidad de una importante carrera cantando en ceremonias religiosas, teatros o cortes, podía significar un considerable ingreso de dinero no solo para el artista sino también para su familia y los intermediarios en sus jugosas contrataciones. Intereses mezquinos forzaban frecuentemente a los niños a aceptar su castración, si bien una disposición hipócrita establecía que la misma no podía realizarse sin el consentimiento del infante. Lo que tal disposición no explicaba es cómo una criatura de 7 u 8 años podía comprender exactamente a lo que se exponía y aún oponerse a una presión paterna. A menudo, el precio que los elegidos pagaban por someterse a tal intervención no era simplemente no poder procrear en un futuro, sino la propia vida, ya que las precarias condiciones de asepsia de entonces elevaban los porcentajes de mortalidad, según la habilidad del cirujano ocasional, que podía ser un médico o un simple barbero, desde un 10 hasta un 80 por ciento. Frecuentemente sin embargo, los mismos niños pedían y hasta exigían su castración entusiasmados por la ilusión de lograr fama y dinero, pero quienes no lograban la excelencia artística, solían terminar formando parte de alguno de los numerosos coros de la época.

 Si bien la castración producía ciertos cambios morfológicos muy variables según los individuos como ausencia de vello, tendencia a la obesidad, rasgos feminoides, etc, y no pocos psíquicos, la mayoría de los cantantes castrados podía mantener relaciones sexuales prácticamente normales y en muchos casos eran objeto de adoración de las mujeres y protagonistas de romances tempestuosos. Famosos, sumamente ricos, mimados por el clero y la realeza y de exótico aspecto, despertaban con facilidad el interés de las damas de la alta sociedad, deseosas de huir de la rutina merced a aventuras amorosas particularmente curiosas y sin el riesgo de embarazos indeseados. Así, sabemos que el famosísimo Gasparo Pacchiarotti estuvo a punto de morir asesinado por encargo como consecuencia de su romance con la marquesa Santa Marca, que Giusto Ferdinando Tenducci, amigo de Mozart, terminó preso por haber fugado con una joven admiradora cuyos padres le denunciaron y que Giovanni Battista Velluti, mujeriego empedernido y de quien hablaremos más adelante, vivió en Rusia durante cierto tiempo con una duquesa.

El comportamiento psicológico de estos cantantes castrados era muy diferente según el caso. Muchos de ellos se sentían felices de su condición, a menudo solicitada como hemos visto, y de los logros artísticos que los habían llevado a una posición social de alto privilegio. Otros, en cambio, la vivían como una frustración y guardaban un cierto rencor hacia la sociedad que lo había permitido, aprovechando sus privilegios y poderosas relaciones para mostrarse caprichosos, intolerantes y autoritarios como forma de desquite. Salvo en los casos en que el niño había solicitado voluntariamente su castración, la causa de la misma solía serie desconocida, ya que las familias acostumbraban esconder la motivación económica inventando accidentes, enfermedades, etc., que supuestamente la habrían hecho necesaria. Es importante tener en cuenta no solo la corta edad del niño cuando era sometido a la operación, sino también el hecho de que al ser preparado para la misma, era llevado a un estado semi-inconsciente emborrachado con ron, o tomando brebajes con contenido de opio o simplemente sufriendo una cierta compresión de las carótidas hasta provocarle un desmayo. La aplicación de agua helada en los genitales era también una forma muy utilizada entonces para lograr un cierto efecto anestésico. Como para el desarrollo de la laringe es fundamental el aporte hormonal de testosterona, al ser privados de sus testículos antes del cambio de voz, el mismo ya no se produciría y entonces el castrado conservaba una voz de niño, pero en un cuerpo de adulto con anos de ejercicio vocal y respiratorio por sus intensos estudios de canto. El resultado era una voz aguda extraordinariamente dúctil y flexible como la de un niño, brillante y potente gracias a la capacidad torácica y vocal del adulto sumamente entrenado, y al servicio de un artista educado con el máximo rigor en la expresión musical.

Como bien dice Barbier: 'Todo contribuía a que los "castrati" fueran asemejados a los ángeles en la imaginería popular... Objeto de contemplación y hasta de veneración, se los vinculaba con la figura tradicional del ángel músico y encaraban a la vez (por su música, mucho más que por sus actos) la pureza y la virginidad". Es interesante recordar que justamente en Nápoles donde existieron los más importantes conservatorios musicales de entonces, los pequemos castrados que allí estudiaban eran enviados vestidos como ángeles a los velorios de niños. Seguramente los más famosos del siglo XVIII fueron Farinelli y Caffarelli, este último mencionado como Caffariello en "El barbero de Sevilla" de Rossini. Su verdadero nombre era Gaetano Majorano, pero adoptó su seudónimo artístico en homenaje a su primer enseñante, el maestro Caffaro, si bien fue luego Porpora quien completó magistralmente su formación. Era costumbre que los castrados adoptaran un seudónimo artístico que podía ser el que le atribuían sus admiradores o el que el mismo intérprete elegía en homenaje a algún benefactor o enseñante. Así Carlo Broschi eligió el de Farinelli en agradecimiento a los hermanos Farina, mecenas que pagaron durante muchos anos sus estudios y manutención. La ortografía y la pronunciación no eran demasiado cuidadas en la antigua Nápoles y también Farinelli aparece como Farinello en algunos escritos. No han quedado muy claros los motivos de su castración puesto que pertenecía a una familia de la baja nobleza, (los nobles no castraban a sus hijos) aunque se supone con ciertas dificultades económicas.

En un reciente film sobre su vida se atribuye la decisión a su hermano Riccardo. Si bien no dudamos de que los responsables de dicho film pueden haberse informado exhaustivamente al respecto, resulta extraño que quien seguramente sería en ese momento menor de edad, pudiera tomar tal decisión. En efecto, aunque la Iglesia por un lado admitía de muy buen grado que numerosos castrados cantaran en las ceremonias religiosas, por otro castigaba con la excomunión (castigo gravísimo para la época ) a quien fuera descubierto practicándola en forma ilegal, es decir sin poder aparentemente justificarla como consecuencia de una enfermedad o accidente. El Más Famoso: FARINELLI Formado también por el notable maestro Porpora, Farinelli logró una celebridad tan extraordinaria debido a su asombroso talento que fue literalmente idolatrado por cuantos le escucharon. Dotado de cultura, simpatía y distinción, tuvo la amistad y protección de reyes, emperadores y el mismo Papa. Llamado a la corte de Felipe V de España, permaneció en ella durante más de veinte años como cantante personal del monarca logrando tal amistad e influencia sobre éste, al punto de poder decidir cuestiones de estado. Prácticamente cogobernó España con el rey y muchos sabían que para obtener un favor del monarca, era fundamental convencer a Farinelli. El rey había sufrido de lo que entonces se llamaba "melancolía" y que hoy llamaríamos seguramente "depresión nerviosa", por lo cual la reina no tuvo mejor idea que llamar a la corte al cantante más famoso del mundo para calmar esa angustia. Del éxito que tuvo en su intento, da cuenta cuanto aquí referimos. Farinelli terminó sus días en su mansión de Bologna, colmada de preciosas obras de arte y recibiendo la visita de poderosas personalidades.

Entre las características más sobresalientes de su personalidad, figuran sin lugar a dudas su auténtica modesta y su profundo fervor religioso. Además de reyes y otros gobernantes importantes, recibió con generosidad a músicos como Mozart, Gluck y Rossini y, como sucedía con muchos grandes cantantes de la época, concedía entrevistas a jóvenes en sus inicios de carrera lírica, ansiosos por recibir del gran maestro sus opiniones y consejos. Nunca les pedía que cantaran para evitar intimidarlos, pero les escuchaba con interés y placer cuando ellos mismos proponían hacerlo. Era su costumbre rezar todas las mañanas y había obtenido el permiso para instalar un altar en su casa. También hacía numerosas peregrinaciones a distintos santuarios. Muchos le insistían para que escribiera sus memorias y consejos, lo que hoy tendría un enorme valor como testimonio, pero él humildemente respondía:"¿Para qué ? Me basta con que se sepa que no he perjudicado a nadie. Que se añada también mi pena por no haber podido hacer todo el bien que hubiera deseado." En una época en que el promedio de vida no superaba los treinta años, es un dato curioso que la mayoría de estos artistas solían ser muy longevos superando largamente los setenta y ochenta años de edad. No fue una excepción Farinelli, quien ya retirado de la actividad siguió cantando y practicando sus ejercicios vocales hasta tres semanas antes de su muerte acaecida a los setenta y siete

Nada ha quedado lamentablemente de su mansión -¡más tarde demolida para instalar una refinería!-, donde entre tantas maravillas poseía un violín Stradivarius, otro Amati, y una colección de diez clavecines, cada uno de los cuales llevaba el nombre de un pintor ilustre. Tampoco su tumba se ha conservado al ser destruida por las fuerzas napoleónicas la iglesia de los capuchinos donde se hallaba. Sí han quedado en la historia sus espectaculares proezas vocales, en las que sin embargo nunca llegaba a caer musicalmente en el mal gusto. La extensión natural de su voz superaba las tres octavas, podía sostener un sonido durante más de un minuto ampliando o disminuyendo el volumen a voluntad y en un aria especialmente escrita para él por su hermano, realizaba vocalizaciones durante catorce compases con una sola toma de aire. Es famoso el desafío que sostuvo con un trompetista en la ejecución de escalas, trinos y los adornos más increíbles. Cuando luego de largo rato el trompetista se detuvo totalmente agotado, Farinelli lo miró con una sonrisa y repitió sus gorjeos agregando nuevas y mayores dificultades ante la mirada atónita del instrumentista jadeante y las aclamaciones de los demás presentes. Según testigos de la época, la emotividad de su canto era prodigiosa. En una ocasión, compartió una obra en la que otro famoso castrado llamado Senesino hacía el rol de un tirano y Farinelli el de su víctima.

Durante la primera aria Farinelli cantó de tal modo, que Senesino, olvidando su rol, se lanzó hacia él sollozando para abrazado. Se cuenta también que otro joven y talentoso castrado llamado Gioacchino Conti, lloró y cayó al suelo desmayado tras escucharle durante un ensayo. ¡Lamentablemente hoy nos es imposible siquiera imaginar lo que pudo haber sido el fabuloso canto de Farinelli ya que las únicas grabaciones que se conservan de un cantante castrado, corresponden a un artista relativamente mediocre y ni remotamente comparable a semejante coloso! El Final de los Castrados Hacia fines del siglo XVIII eran numerosos los intelectuales, escritores y pensadores diversos que alzaban sus voces airadas contra la práctica de la castración, que consideraban aberrante, y muy particularmente en Francia, donde nunca había sido bien vista. Ya Voltaire y Rousseau la condenaron llamando este último "padres bárbaros" a los progenitores que la consentían para sus hijos y "verdaderos monstruos" a quienes la habían sufrido. Pero fueron sobre todo las ideas libertarias de la Revolución Francesa y más tarde el propio Napoleón, lo que dio comienzo al inevitable fin de dicha práctica. En efecto, si bien el emperador admiraba y protegía al castrado Crescentini, el único, según se cuenta, que logró arrancarle lágrimas de emoción, su opinión al respecto no podía dejar dudas. Conquistada Roma, estableció en esta ciudad la pena capital para quien la practicara e instruyó a su hermano José, rey de Nápoles para que en ninguna escuela ni conservatorio napolitano se admitiera el ingreso de niños mutilados.

También la Iglesia modificó su actitud permitiendo a partir de 1798 que las mujeres actuaran en los escenarios teatrales y declarando el papa Benedicto XIV que nunca era legal la amputación de cualquier parte del cuerpo, salvo en caso de absoluta necesidad médica. Por otra parte los famosos conservatorios de Nápoles que habían sido el gran semillero de "castrati" comenzaban a desaparecer por culpa de malas administraciones y con ellos las posibilidades de formar nuevos artistas de estas características. No obstante, la castración se siguió practicando aún durante un tiempo aunque en muy menor cantidad de casos y ya en 1830, la despedida de Gianbattista Velluti de los escenarios líricos, significó la desaparición definitiva de castrados en la ópera. Solo en el Vaticano y en otras iglesias, siguieron actuando hasta que un decreto del papa León XIII en 1902, prohibió definitivamente la utilización de castrados en ceremonias eclesiásticas. Algunas excepciones se hicieron de todos modos, particularmente con Alessandro Moreschi, el ultimo castrado, quien se retiró en 1913 siendo el único que pudo dejar el testimonio de su voz para la posteridad en grabaciones realizadas en 1902 y 1904. Moreschi había nacido en Montecompatrio, Roma, en 1858 y es considerado el último cantante castrado de que se tenga noticia. En 1883, con veinticinco anos de edad ingresó en el Coro de la Capilla Sixtina y si bien la mayor parte de toda su actividad vocal se desarrolló en la sede vaticana, el llamado "angelo di Roma" cantó también en universidades, salones y hasta en el Pantheon de Roma en ocasión de los funerales de los reyes de Italia Vittorio Emanuele II en 1878 y su hijo Umberto I en 1900. Luego de la prohibición de admitir castrados en el coro papal, Moreschi pudo no obstante continuar en él como director del mismo y, en algunas oportunidades, aun como solista. En 1922, a los sesenta y cuatro años de edad y tras haber cantado "con una lágrima en cada nota" el aria de Margarita del "Fausto" de Gounod en los elegantes salones romanos, moriría olvidado por todos, hasta por aquellos que alguna vez le habrían gritado entusiasmados "Evviva il coltello!" (Viva el cuchillo!) tal cual lo habían hecho otros en los tiempos de esplendor de estas rarezas vocales. Conclusiones Pese a las voces indignadas que se alzaron ya hacia fines del siglo XVIII contra la práctica de la castración, y aún durante todo el período de transición hasta la desaparición completa de los cantantes castrados, no fueron pocos los que -como el famoso escritor y melómano Stendhal- la defendieron justificándola por el efecto excepcional que estos intérpretes lograban en el canto. Pero como muy bien concluye Barbier, hoy, lo más importante para nosotros es el redescubrimiento de uno de los mitos más conmovedores de la historia de la música, en la que durante tres siglos "fueron desafiadas todas las leyes de la moral y la razón para concluir la imposible unión del monstruo y del ángel".